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Dra. Eliane Ceccon

Agua - Gotas de mitología, historia y poder

A lo largo de la historia de la humanidad, el agua ha significado el núcleo, el punto de encuentro, de convivencia y de comunicación de los pueblos y un factor crucial para el desarrollo de las civilizaciones y manutención del poder de algunas naciones.

Durante el séptimo milenio anterior a nuestra era, empezaron a surgir los primeros pueblos agrícolas. Éstos se confinaban en los Montes Zagros, al norte del Golfo Pérsico, que limitan por oriente al gran espacio geográfico regado de norte a sur, por los ríos Éufrates y Tigris; conocido como Mesopotamia lo que significa entre ríos (hoy, territorio de Irak, parte de Irán y de Siria). En realidad, fue la innovación, desarrollo y adopción de sistemas de irrigación lo que permitió que la agricultura se extendiera por su zona central para alcanzar, después, las fértiles tierras de aluvión del sur donde, más tarde, se edificarían las primeras ciudades y los primeros Estados en la historia de la humanidad. En todo el Medio-Oriente, donde el agua siempre fue particularmente rara y escasa, su control implicaba la manutención del poder. Algunos historiadores llamaron a las civilizaciones que ahí se desarrollaron como "hidráulicas" porque estuvieron basadas en la propiedad y el dominio de la gestión del agua. En la cosmogonía mesopotámica, el mundo provenía del caos y el agua, como corresponde a una cultura hidráulica, la gran diosa de la naturaleza era la diosa del Agua identificada con la diosa Ishtar.

Milenios más tarde, en Egipto y el valle del Indo, las inundaciones aluviales que fertilizan naturalmente el suelo cada año, mantuvieron civilizaciones con niveles de desarrollo impresionantes, pero en Mesopotamia y en China fueron los ingeniosos canales de irrigación, que transportaban el agua de los ríos para las actividades agrícolas, quienes las mantenían. Algunos autores proponen un escenario, dentro de la mitología judeo-cristiana del Antiguo Testamento, en el que la toma de Jerusalén por parte del rey David habría sido realizada tomando los conductos subterráneos de la ciudad, alimentados por las aguas de la fuente de Gihon. No obstante, el caso más patente de la importancia política del agua, fue la caída del reino de Saba, atribuida simbólicamente a la destrucción de la única presa existente (Marib, hacia el siglo III después de J.C.).

En la antigua Grecia, el agua fue un importante tema en los postulados científicos–filosóficos: Tales de Mileto, por ejemplo, afirmaba que el agua es el principio, causa y substancia primitiva de todas las cosas. En la Roma antigua, el derecho romano consideraba el agua corriente como un bien común y, por lo tanto, los ríos de flujo continuo y sus orillas estaban fuera del comercio. En el sistema feudal, el poder político-militar siempre estuvo limitado por las comunidades rurales, que consideraban el agua como un bien común cuya renovación incesante impedía la apropiación señorial. En Francia, el poder real por el Edicto de los Molinos de 1566 declaró que parte del dominio de la corona lo formaban todos los ríos y afluentes que llevaban barcos; salvo los derechos de pesca, molinos, barcazas y otros usos que los particulares podían tener por título de posesión.

En la América precolombina, en la cosmogonía maya del principio del mundo, las cuatro mujeres que fueron creadas como compañeras de los primeros cuatros hombres, fueron llamadas Cahá Paluná, Agua parada que cae de lo alto; Chomihá, Agua hermosa y escogida; Tzununihá, Agua de gorriones; y Caquixahá, Agua de guacamaya. El dios de la lluvia, que jugaba un papel principal dentro de su panteón, se llamaba Chaac. Los mayas creían que el universo estaba dividido en cuatro regiones, cada una de las cuales tenía, entre otros elementos, un color, un ave, un árbol y un dios de las lluvias, un Chaac. Los mitos de los Aztecas también estaban íntimamente relacionados con el agua. Cuando nacía un niño, inmediatamente la comadrona lo lavaba, recitando una plegaria a Chalchihuitlicue, la diosa del agua dulce, de los lagos y ríos. El mayor de todos los dioses del agua para los Aztecas era Tláloc, señor de la Tierra, dios de las lluvias, quien daba a los hombres los mantenimientos necesarios para la vida corporal. Los pueblos prehispánicos no sólo se limitaban a usar el agua desde el punto de vista ceremonial, el agua también determinaba el éxito de su vida económica y social, por tratarse de sociedades en las cuales la agricultura tenía un peso determinante. Las técnicas para poder aprovechar el agua, desde hace cientos de años, incluyeron la captación, la transmisión, la reserva y la distribución del agua de los ríos, lagos o lluvias, para uso del hombre y los animales domésticos, así como para el riego de los terrenos agrícolas, mediante diversos métodos, tales como pozos, represas y canales.

En la detallada y admirada descripción de los cronistas españoles en su llegada en Tenochtitlán, sobresale la mención al acueducto construido en la época de Moctezuma I. Esa obra hidráulica, de más de tres millas de longitud, iba desde Chapultepec y llevaba agua dulce hasta la ciudad, así como los puentes que había cada cierto trecho, en las tres calzadas principales, que dejaban que el agua fluyera de un lado a otro del lago. Había también en el México antiguo fuentes públicas en donde las mujeres podían recoger agua para sus hogares. Moctezuma I ordenó, asimismo, la construcción de un gran dique en el perímetro oriental de la capital, para evitar el desbordamiento de los lagos en la época de las lluvias.

Los pueblos incaicos, de Sudamérica, efectuaban diversas actividades rituales para provocar la caída de las lluvias sobre las secas punas de los Andes Centrales y en las desérticas tierras de la costa. Esos pueblos también hacían obras complejas de drenajes, tanto en los valles costeros como en los de las montañas, para proteger los cultivos de las lluvias torrenciales y de las inundaciones. Esas zanjas llegaban a tener hasta dos metros de profundo por veinticinco de ancho y quinientos de largo. Sus funciones eran de avenamiento de subsuelo, drenaje, riego, piscicultura y fuente de nutrientes para el terreno.

Muy recientemente, el agua sigue siendo utilizada como un recurso del poder dominante y arma de guerra. Durante la campaña bélica del Golfo en 1991, Irak destruyó casi todas las plantas de desalinización de Kuwait y la coalición aliada dirigió sus ataques contra el sistema sanitario y de abastecimiento de agua de Bagdad. Antes de la intervención de la OTAN en Kosovo, en 1999, los ingenieros serbios cerraron el sistema de distribución de agua de Prístina. Actualmente, muchos especialistas piensan que una de las principales razones del ansia expansionista de Israel, de su negativa a devolver ciertas zonas ocupadas y de su política de apoyo a los asentamiento judíos ilegales, es su imperativa necesidad de controlar las fuentes de agua de la región (que se encuentran fundamentalmente en el río Jordán y en los acuíferos subterráneos de Cisjordania y Gaza) para cubrir la demanda del consumo, el riego y la industria. Israel ha amenazado con atacar Líbano desde que su presidente decidió crear, en 2002, una estación de bombeo para riego desde el río Hasbani -que nace en Líbano- uno de los afluentes del río Jordán que alimenta el mar de Galilea y que es la mayor reserva de agua potable de Israel. La amenaza no fue cumplida debido a un pedido de los EUA, que ya planeaba atacar Irak y no deseaba otros conflictos con los musulmanes en aquel momento. Israel y Siria (el enemigo del momento de los EUA) ya han combatido 27 veces a propósito del uso del río Jordán.

Mundo futuro – problemas en caudales

Actualmente en todo el mundo, la utilización que hace el ser humano del agua ha conducido a la contaminación y sequía de ríos, lagos y capas freáticas. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, en inglés), para el año 2025, las extracciones de agua se incrementarán en un 50% en los países en vías de desarrollo y un 18% en los desarrollados. Se calcula que para el año 2025, el 70% de la población mundial no tendrá acceso a agua suficiente. Sólo en el último siglo, se han perdido más del 50% de los humedales (ríos, lagos y otras áreas inundadas) del mundo. Esta exagerada extracción de agua provocará el deterioro o destrucción completa de los ecosistemas terrestres, de agua dulce y costeros, absolutamente esenciales para la existencia de vida en la tierra.

Para paliar los efectos de esta crisis y solucionar la escasez y el reparto desigual del agua, los gobiernos se han decantado hacia una estrategia contundente y alarmante: la privatización. El agua se ha convertido en un bien muy preciado y, como tal, en objeto de deseo de las grandes corporaciones multinacionales que pugnan por hacerse con su control.

El Banco Mundial establece el valor del mercado del agua actual en un billón de dólares, una cantidad todavía insignificante si tenemos en cuenta que de momento las empresas privadas abastecen sólo a un por ciento de la población mundial. Dos de ellas, Vivendi y La Suez Lyonnaise, antes seguidas de cerca por la maltrecha Enron, acaparan el 70% de este mercado, operan en más de cien países y ofrecen servicios muy diversificados como el abastecimiento de agua potable, la televisión por cable y energía eléctrica. El agua ya figura en la lista de productos de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) como bien comerciable.

Sin embargo, la privatización no ha beneficiado a la mayoría, pues provocó en muchos casos un aumento del precio del agua, que afectó especialmente a los países más pobres donde ese costo extra no se puede asumir. Un ejemplo clásico ocurrió en Bolivia cuando el Banco Mundial condicionó la concesión de un préstamo a la privatización del suministro de agua en Cochabamba. La empresa adjudicataria de la concesión, parte del conglomerado estadounidense Bechtel (la misma que participará de la reconstrucción de Irak), duplicó los precios, de manera que el agua pasó a suponer en los hogares con menos recursos, casi la mitad del presupuesto mensual familiar. Hubo una reacción organizada de la población civil (al costo de un muerto y más de cien heridos debido a las múltiples protestas) que dio como resultado la cancelación del contrato y consiguió que la compañía abandonara el país. Ésta y otras experiencias similares alertan sobre los peligros de las tendencias actuales hacia la liberalización que prima convertir el líquido elemental en un bien comercial más. Como en el caso de otros productos, el libre mercado no ofrece ninguna garantía para su reparto equitativo, ni para racionalizar su consumo, sino más bien lo contrario. Mercantilizar el agua equivale a venderla al mejor postor, excluyendo a quienes no puedan pagar por ella. Frente a los nuevos mercaderes del agua, se alzan multitud de analistas, estudiosos y organizaciones de todo tipo que defienden que el agua, fuente de vida, debe continuar siendo considerado un bien común, y el acceso a la misma, un derecho social y humano inalienable. En estos términos fue abordada la cuestión en la ciudad brasileña de Porto Alegre, durante la última edición del Foro Social Mundial.

Para el futuro, la presente escasez y desigualdad en el reparto del agua exigen medidas tecnológicas y sociales globales, con la participación y actuación de un organismo internacional (hoy inexistente) que gestione una serie de iniciativas que velen por el control de su uso y que impulse medidas para la creación de una ciudadanía participativa que concientice a la población del planeta sobre la importancia y finitud de este precioso líquido, antes de que un vaso de agua, algún día no muy lejano, pase a ser un raro artículo de lujo.

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